Seguramente Fuguet es el único hombre al que le gustó Julie and Julia, y tal vez, yo la única pelotuda que creí en sus palabras.

Luego que cancelaran mi cita de hoy, decidí tomarme la tarde e ir al cine.  Mi primera opción era “Hace mucho que te Quiero”, para así, como decía Carlos Ossa, ver sufrir a la gente y olvidar nuestra propia tragedia. Opción que deseché porque solo  se exhibía en el Hoyts de la Reina (cine que detesto con toda mi alma, por lo lejos que queda de mi casa y por que me refriega en el rostro que por no vivir en  “Ñuñoa”, solo me merezco películas como 2012 o Lluvia de Hamburguesas).

Pasada las siete de la tarde, dejé mi desordenado escritorio, tomé la película que arrendé el fin de semana-porque sí arriendo todavía películas- y corrí al siempre poco aseado Hoyts de Huérfanos.

Allí era bien ridícula la escena. Cerca de ocho féminas viendo como dos mujeres cocinan y tienen parejas perfectas. Las historias, de Julie y Julia, tan alejadas de la mía, me volcaron a pensar más bien en cuánto me gustaría ser como Meryl Streep. No cocinar como Julie, pero lograr atemorizar con una mirada fija. Ella es a simple vista, atemorizante, ruda…Cualidades que se alejan de mi quizás tanto como las protagonistas de esa dulce y tiernucha película.

Mientras que L me hablaba en un extraño idioma (así como Christopher de Distrito 9, película recomendable a todo esto) en la micro camino a plaza Ñuñoa  saqué una conclusión que suele sonar en mi cabeza de vez en cuando – porque no es primera vez que lo pienso evidentemente- y que tiene relación con mi crianza: definitivamente la educación católica y una familia patriarcal dio como resultado una maldita eterna sensación de culpa.

Es por ello que, cuando llegué a plaza Ñuñoa, decidí, por un rato, dejar esa pesada mochila en la 104  que me había dejado en Macul con Irarrazaval  y botar en el basurero de la esquina esa asquerosa sensación.  ¿Y saben que? Lo pasé increíble.

 Un tom collins bastó para que mi estómago estallara, así como el puerto para el 31. Lunes, 14:30 de la tarde, las jovencitas sacaron sur prendas veraniegas y yo con chaleco, chaqueta y esperando ansiosamente que la enfermera me llame.

Estar en una sala de espera, tan fea como todas y tan llena como hospital público,  es un escenario bastante desalentador, presagio de lo que sería el resto de la semana. 

Entre tanta estadística y encuesta que anda dando vuelta en los medios, me parece inevitable hacer la siguiente observación: de un total de 12 personas que se encuentra por enfermedad o acompañando al enfermo:  el 40% tiene sobrepeso (de seguro el peso es proporcional a las visitas al médico), 30% supera los 65 años, 50% es hombre (nada de sexo débil, nos enfermamos por igual), 20% usa lentes ópticos (aunque 20% más lleva lentes en el bolsillo, posiblemente de descanso), 50% mira Los Venegas ( cuando en otra circunstancia quizás jamás lo harían, me incluyo), 1,5 % lee el diario (una señora que lee el Publimetro le comenta a la que está a su lado cuanto odia la TV chilena y la farándula, segundos después le menciona cuan bien le cae Adriana Barrientos, y lo bueno que estuvo el capítulo de anoche de 1910), 3% usa zapatillas, 10% mueve el pie derecho mientras espera (aunque varias movían las manos también), 70% usa reloj en la mano izquierda (qué raro, por qué yo lo uso en la derecha? Acaso dije Derecha?? Acabo de recordar porqué odio las cifras, estadísticas y demases).

Sofía Vargas, esa soy yo…. al fin!

Cada persona, grupo o  partido político, incluso mascotas, tienen una forma distinta de hacer las cosas y de enfrentar la vida. Pato Fernández lo dice en la editorial del Clinic de esta semana: “Clinic nació para celebrar una manera de ser, más curiosa que convencida… con vivencias libres capaces de disolver las formalidades, el lugar común y el miedo al ridículo”.

¿Cuál es la mía? Si ud. me conoce quizás lo puede deducir. Creo que es un poco enredada, media miope, premeditada y quizás un poco complicada. Pero también es directa y sencilla. Errada quizás a veces…Media ingenua también, y eso me recuerda a J quien  lleva dos  semanas complicada con una situación que pone en jaque su forma de hacer las cosas.

Confió en una relación laboral. Trabajó duro y dio su 100 por ciento por una pega que encontraba entretenida y que le permitía poner en práctica su querido segundo idioma.  ¿Qué pasó finalmente? Terminó con el ánimo por el suelo, con medio sueldo y sin su firma al final del texto. ¿Qué hacer entonces? Replantearse la manera de enfrentar la vida, establecer relaciones desde la desconfianza, o decir: ” Que más da… No podría hacer hecho las cosas de otra forma”. Yo me inclino  por la última.

Eres inestablemente estable, eso me decía un amigo sicólogo hace ya más de cinco años. Le creí. Y siendo consecuente a ello y amante de los cambios, blogspot pasó a integrar esa  caja color azul que guarda  ñoñerias y antiguedades.

Por hoy nada más que decir… Mañana será otro día, bienvenido WordPress.