Cada vez que llego a la casa de mi abuela pasada las 10 de la noche la veo columpiándose.
Está sentada en el único columpio que hay en la plaza. Mirando el suelo, moviendo sus pies pareciendo dibujar algo. Quizás alcanza los 25 años, no viste jeans ni tampoco una polera estampada con su banda o director de cine favorito, sino que luce un amplio buzo color gris y el cabello le llega hasta los hombros.
Tampoco usa audífonos, ni escucha música desde su celular o Mp3, artículos indispensables para una persona de su edad, sino que se limita a aferrarse fuertemente a las cuerdas del sucio y viejo columpio.
Quizás pesa 90 kilos, usa pantuflas y tiene una mirada triste, distante. Ella no está planificando su futuro como las chicas de su edad, no sale los viernes a tomarse un trago y a pelar a su jefe con sus compañeras de universidad, ni va al cine los domingos.
Ella tiene un trastorno metal y por las noches sale a dibujar cuadros de tierra en una solitaria y sucia plaza de Conchalí.